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(escribe prof. Alejandro Carreño T.) Tal vez porque era más que evidente que Chile no tenía ninguna obligación de negociar el reclamo marítimo de Bolivia. Debe recordarse que Bolivia perdió el acceso al mar en la Guerra del Pacífico. Pero hoy goza de una serie de prebendas generosamente otorgadas por Chile, más allá inlcuso de los acuerdos firmados, también generosos, que pocos países en mundo, derrotados en conflictos bélicos, tienen.
En todo caso, no debe sorprender que el país del Altiplano haya resucitado el tema. “Su tema”, en realidad. Aunque ahora de manera sutil y cordial, podríamos decir, que incluye etapas diplomáticas que no habían sido utilizadas hasta ahora. Al final, me imagino que pensará el gobierno boliviano, la esperanza es lo último que se pierde. Pero, en rigor, la propia Corte Internacional de La Haya ya fulminó la esperanza hace ocho años. Tampoco sirve el viejo refrán “tanto va el cántaro al agua".
Chile no está ni para cántaros, ni revisión de fallos, ni diálogos ni negociaciones que tengan el mar como tema. Pero el ministro de Relaciones Exteriores boliviano, Fernando Aramayo, dijo ayer lunes que la Corte Internacional no había cerrado el diálogo de la demanda marítima con Chile. Claro que no lo dijo como suelen hacerlo las autoridades bolivianas: yéndose en picada contra Chile. No. Fue metódico, cauteloso, inteligente, porque, antes de llegar a esta instancia, es necesario, dijo, construir una “interdependencia positiva” entre ambos países.
En realidad, no entiendo mucho a qué se refiere con “interdependencia positiva” como etapa previa al diálogo. Por cierto, los países necesitan de una interdependencia positiva, no con el propósito de reabrir discusiones que a nada conducen, a no ser para que, precisamente, esa interdependencia positiva deje de serlo. Las relaciones diplomáticas deben mirar hacia el futuro de las naciones; no hacia el pasado. Bolivia debiera aprender el ejemplo de Europa y pensarse a sí misma como una nación capaz de superarse a sí misma y a la historia.
Es curiosa la posición del canciller Aramayo, porque declara que el “fallo de la Corte Internacional de Justicia de 2018 tiene que ser reconocido en sus alcances y consecuencias, pero también hay que dejar claro algo, dejó abierta la puerta del diálogo”. La verdad es que desconozco en qué pasaje del fallo la Corte dejó la puerta abierta al diálogo. Parece más una declaración nacida de la pasión que de la reflexión.
E insistió en su planteamiento: “Bolivia necesita plantear una “diplomacia inteligente” que permita construir una confianza para generar posteriormente un escenario de diálogo”. Pero el canciller debiera entender que una “diplomacia inteligente” no pasa por resucitar temas que lastimarán dichas relaciones, que todos esperamos sean efectivamente inteligentes, teniendo como objetivo la construcción de un futuro común para ambas naciones, en las que las consecuencias de la historia no sean un problema, sino una solución.
Por último, dialogar para él “significa actuar con madurez, identificar cuáles son los incentivos y las motivaciones para los dialogantes”. Y la madurez “suficiente” va “de una gestión que orienta la resolución de un conflicto “a una transformadora del conflicto”.
Por cierto, Chile escuchará a Bolivia en todos aquellos temas que signifiquen un trabajo en conjunto para el desarrollo y bienestar de ambos pueblos.
Pero, en cuanto al mar, bueno, Bolivia deberá seguir soñando.
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