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Betingo Álvarez y la fotografía como memoria de El Prado
La imagen de portada del libro El Prado - Escudo de Identidad no solo remite a una escena de jineteada: preserva una parte sustancial de la memoria visual de una tradición profundamente arraigada en la cultura popular rioplatense.
La imagen de portada del libro El Prado - Escudo de Identidad no solo remite a una escena de jineteada: preserva una parte sustancial de la memoria visual de una tradición profundamente arraigada en la cultura popular rioplatense.

(escribe  Sergio Pérez) En el campo de los bienes culturales, la fotografía ocupa un lugar decisivo como herramienta de memoria. Su valor excede ampliamente la dimensión estética o documental inmediata: una fotografía puede transformarse en testimonio, archivo, huella material de una experiencia colectiva y soporte de transmisión para las generaciones futuras. Cuando una comunidad reconoce en una imagen parte de su historia, de sus prácticas y de sus símbolos, esa imagen comienza a formar parte de su patrimonio cultural.

La entrevista al fotógrafo Betingo Álvarez permite ingresar, precisamente, en ese territorio donde la fotografía se vuelve memoria viva. Su relato sobre la imagen de portada del libro El Prado - Escudo de Identidad no se limita a explicar cuándo fue tomada o quiénes aparecen en ella. Lo que hace, en realidad, es restituir el espesor histórico de una escena que el tiempo ha convertido en emblema.

Según recordó, la fotografía fue tomada en 1978, año en que Ramón Fernández —una de las figuras de mayor prestigio y respeto en la jineteada a nivel nacional e internacional— alcanzó una actuación memorable. Obtuvo el primer premio en Basto con el caballo que aparece en la portada, luego ganó también en Pelo con una tubiana de Bachicha García y finalmente fue distinguido como mejor jinete. Esa secuencia de triunfos dota a la imagen de una densidad excepcional: no registra un hecho cualquiera, sino un instante de consagración que quedó fijado en la memoria criolla.

En ese punto, la fotografía adquiere un valor patrimonial evidente. No se trata apenas de congelar un momento exitoso, sino de conservar una escena significativa dentro de una tradición cultural que articula destreza ecuestre, códigos de honor, saberes del mundo rural y formas de sociabilidad profundamente arraigadas. La imagen se convierte así en un documento de la cultura popular, en un bien de memoria que ayuda a sostener la identidad de un universo simbólico compartido.

El testimonio de Betingo aporta, además, una anécdota que enriquece la comprensión de aquella jornada. Recordó que Yeyé Delgado, padre de Dalton y apadrinador en aquella ocasión, sufrió la bravura del caballo al punto de recibir un cabezazo que le abrió la cabeza y una mordida en el brazo. Ese recuerdo devuelve a la fotografía una dimensión humana que muchas veces permanece fuera del encuadre. Detrás de la imagen icónica hay tensión, riesgo, dolor, coraje y una intensidad vital que forma parte inseparable de la escena registrada.

Desde la perspectiva de los estudios patrimoniales, este tipo de relatos resultan fundamentales. La fotografía conserva la visualidad del acontecimiento, pero la memoria oral de sus protagonistas y testigos le devuelve contexto, significado y espesor emocional. La combinación entre imagen y relato constituye una fuente cultural de enorme riqueza. Allí reside buena parte de su potencia: la fotografía no archiva solamente lo visible, sino que activa narraciones, remueve recuerdos y permite reconstruir sentidos.

La trayectoria de Betingo Álvarez refuerza todavía más esa dimensión. Durante 35 años consecutivos asistió a El Prado, desde 1977 hasta 2014, construyendo un archivo visual extraordinario. Su cálculo es elocuente: alrededor de cien o más fotografías por día, unas mil doscientas o mil trescientas por semana. Multiplicadas a lo largo de más de tres décadas, esas tomas conforman un corpus documental de valor incalculable para la historia de la fiesta criolla, de sus jinetes y de sus protagonistas.

Ese archivo no debería ser entendido únicamente como una colección personal. En términos culturales, constituye una reserva de memoria social. Allí se preservan rostros, caballos, montas, gestos, ceremonias, destrezas y atmósferas que forman parte del legado de una tradición. La cámara de Betingo no fue una herramienta neutra: fue un instrumento de observación y de resguardo. Gracias a su persistencia, numerosos episodios que podrían haberse perdido en la fugacidad del tiempo conservan hoy una presencia tangible.

También resulta revelador el modo en que el fotógrafo recuerda su trabajo en la época del negativo. Tomar la imagen, enviarla a revelar, observarla luego con lupa y seleccionar las mejores fotos implicaba un proceso de dedicación y criterio. Aquella práctica contenía una relación artesanal con la memoria visual. Cada disparo suponía una elección. Cada imagen seleccionada era el resultado de un juicio sensible y técnico. Más tarde, con la irrupción de la fotografía digital, cambiaron los procedimientos y aumentó el volumen de registros, pero no se modificó lo esencial: la necesidad de una mirada capaz de reconocer el instante significativo.

Entre las muchas imágenes que Betingo atesora en su memoria, mencionó de manera especial la de Domingo Pérez cuando le paró a la yegua de Udaquiola, con las cuatro patas en el aire y el Indio Rivero al costado. Esa fotografía fue deseada durante años por el propio jinete y, cuando recibió un homenaje de Nando Benia, la imagen volvió a adquirir centralidad en forma de mural. El abrazo emocionado de Domingo frente a aquella escena confirma algo que en patrimonio cultural se comprende muy bien: las imágenes no son objetos mudos. Son disparadores de pertenencia, reconocimiento y afecto. La fotografía puede convertirse, así, en un lugar de encuentro entre la experiencia individual y la memoria colectiva.

Por eso, la portada de El Prado - Escudo de Identidad posee un sentido que va mucho más allá de su función editorial. Esa imagen abre el libro, pero también abre una memoria. Resume en un solo encuadre la épica del jinete, la nobleza del registro documental y el valor de quienes, como Betingo Álvarez, dedicaron años a preservar visualmente un mundo cultural de enorme significación.

En una época marcada por la sobreabundancia de imágenes efímeras, el archivo fotográfico de Betingo recuerda la importancia de distinguir entre la mera acumulación visual y la construcción de memoria. Una fotografía adquiere verdadero espesor cultural cuando logra fijar un momento que una comunidad reconoce como propio, cuando conserva una práctica significativa y cuando, con el paso del tiempo, sigue siendo capaz de convocar relatos, identidades y emociones.

Desde esa mirada, la obra fotográfica de Betingo Álvarez merece ser valorada como parte de un patrimonio documental y visual de extraordinaria relevancia. Su lente ayudó a preservar una historia que pertenece a los protagonistas de la arena, pero también a todos aquellos que entienden que la cultura popular se sostiene en sus prácticas, en sus voces y en las imágenes que la memoria decide no dejar caer en el olvido.

 

 

 

foto 1: Sergio Pérez junto al jinete Gersison Pinheiro Machado y al maestro Oscar Gilardoni, autor del libro El Prado - Escudo de Identidad, en una instancia de encuentro con protagonistas vinculados a la memoria de la tradición criolla.

 foto 2: Sergio Pérez junto a Betingo Álvarez, fotógrafo y autor de la imagen de portada del libro El Prado - Escudo de Identidad, cuyo archivo constituye un valioso testimonio visual de décadas de historia en El Prado.



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