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(Escribe prof. Alejandro Carreño T. ) Es el Audax Italiano, que suele pasearse por los últimos lugares de la tabla, aunque a veces nos sorprende y tiene buenos años. Pocos, pero los ha tenido. Así que entiendo de frustraciones deportivas y de corazones que laten por la boca.
Tal vez, por eso, la algarabía mundial que despertó el caso Vozinha, me tocó también como hincha de equipo chico, pobre y sufridor. Vozinha es arquero del G.D, Chávez, club de Segunda División de Portugal. ¿Importa? Josimar José Éora Díaz es un nombre que nada dice a nadie, pero es su nombre. Trasciende la camiseta que representa, porque más que “el partido de su vida”, que lo sacó del anonimato y lo convirtió en portada planetaria, está el hombre humilde, de un país humilde, de menos de quinientos mil habitantes y que obtuvo su independencia en 1975.
Hoy todos son Vozinha, el hombre de cuarenta años, arquero de una selección desconocida, de un país que este encuentro deportivo hizo conocido. Cabo Verde nunca supo en sus cincuenta años de vida independiente, de tanto reconocimiento planetario. Y no fue su selección la causante, sino la tozudez de un hombre que envejeció deportivamente soñando un sueño imposible. Pero la realidad no es absurda por ser inventada, es absurda por ser real. El Estadio Atlanta, de Georgia, no fue más que un puro acaso para enmarcar el sueño-realidad.
El mundo se obnubiló con Vozinha. Pero sabemos cómo es el mundo, sobre todo el deportivo: emocional y nada confiable. La prensa deportiva hoy eleva un jugador al Olimpo, mañana lo manda al Infierno. Por eso, lo que digan respecto de Josimar Díaz no tiene mucha importancia porque, con certeza, no lo sostendrán en el tiempo. A la primera caída de Cabo Verde en este Mundial, aparecerán los críticos y sus críticas, y Vozinha, ahora conocido, volverá a ser uno más en una Selección de dignos y honestos desconocidos deportistas.
Por eso José Díaz lloró. Lloró como lloran los hombres de verdad, con lágrimas que sacuden el alma y acumulan, en segundos, la historia de una vida plagada de sacrificios y frustraciones, a la espera de una oportunidad que tuerza la realidad y la convierta en un sueño. Lloró porque venció la historia, su historia; porque sintió que lo suyo le pertenecía también a su pequeño país perdido en el océano en algún lugar de África; porque sintió que la vida premió su perseverancia, su entereza, su ser quijotesco de levantarse y seguir.
Yo sé que Vozinha sabe que mañana será otro día. Que el sueño imposible perdurará en sus recuerdos y en el de los suyos. Porque él sabe, como yo, que el hombre está hecho de recuerdos y que son ellos los que le dan sentido a la vida.
Vozinha sabe que los sueños son otra de las formas de vivir la vida. Y el suyo lo sueñan todos los deportistas que, como él, esperan, también, que la vida les dé la misma oportunidad.
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