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(escribe prof. Alejandro Carreño T. ) Es increíble cómo, un país considerado el jaguar de América hace apenas algunos años, un régimen, una ideología lo convirtió en el cuervo de América. No sé si Chile fue un día “jaguar”, pero “cuervo” nunca lo había sido, hasta ahora, cuando los chilenos hemos sido sacudidos por los vergonzosos episodios que envuelven el oscuro ingreso de niños haitianos al país.
Chile se desangra en cuerpo y alma. Los cuervos, asquerosas aves de rapiña, consumieron las esperanzas de su pueblo y dejaron las arcas fiscales vacías. desangraron la moral que sostenía el alma de las instituciones. Todo esto en apenas cuatro años de bandidaje administrativo y desfachatez política. Pero habían comenzado antes de llegar a La Moneda, en aquellos oscuros y tenebrosos tiempos que se inician en octubre de 2019, cuando los vándalos y delincuentes de la llamada primera línea quemaron y saquearon Chile.
Los niños haitianos llegaban por miles, entre gallos y medianoche, en vuelos no regulares o charter, entre las dos y las tres de la madrugada, al aeropuerto Internacional de Santiago. Supuestamente, se trataba de un encuentro con sus familiares directos, con el nombre de “reunificación familiar”. Bajo esta figura semántica, el fraude y la sospecha más que legítima de tráfico de personas a manos de una organización criminal, explotó como una bomba en todos los medios y remeció el Palacio de Gobierno.
Chile retomó, bajo el mandato de Gabriel Boric, la senda de la migración ilegal de haitianos, que había comenzado en el segundo mandato presidencial de Michelle Bachelet, durante el cual entraron al país cerca de trescientos mil, también entre gallos y medianoche, sin que, hasta ahora, ni Bachelet ni nadie de su gobierno haya dado cualquier tipo de razón que justificara esta verdadera invasión de migrantes irregulares. No hay, ni ayer ni hoy, ninguna razón comprensible que explique el daño provocado a Chile por estos regímenes, por estas ideologías.
El escándalo destapado por la Contraloría General de la República, mediante un preinforme que comprende solo cuatro meses de 2025, detectó que entre las incomprensibles “irregularidades” en el ingreso de estos migrantes haitianos, varios menores tenían los mismos documentos de identidad. Así mismo, se evidenció, además, que varios tutores no tenían ningún lazo familiar con los niños, convirtiendo la figura semántica de “reunificación familiar” en pura retórica oscuramente permisiva.
Por otra parte, algunos de estos tutores entraban al país con veinte o treinta niños a su cargo, cuando la norma no supera los dos o tres niños por adulto. En fin, un desconcierto administrativo del que varios organismos dependientes del gobierno central comandado por Gabriel Boric, fueron responsables, dejando al gobierno actual en una incómoda posición ante la urgente necesidad, primero, de encontrar a estos niños (la Fiscalía habla de más de doscientos), y luego desenredar una madeja que arrastra nombres y acciones deplorables moralmente.
Sí, cómo un régimen, una ideología pueden destrozar un país; acabar con su institucionalidad y socavar su fortaleza moral y espiritual. Como dije, tanto o más importante que la recuperación económica de una nación, es su recuperación moral.
Por eso, urge un cambio cultural para que las instituciones vuelvan a funcionar respetando no solo la Constitución y las leyes, sino también, y lo más importante, su fortaleza espiritual que es la base de todo y cualquier desarrollo armónico de una sociedad.
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