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¿Discriminación o hipocresía?
La retrospectiva es indispensable para actuar en el presente y prever el futuro.
La retrospectiva es indispensable para actuar en el presente y prever el futuro.

Parte 1

(escribe Marcelino Rodríguez)  Resulta asombroso observar cómo la humanidad transita el accidentado equilibrio que existe entre la utopía y la realidad. Se desplaza por una estrecha franja que oscila entre la sensatez y la incoherencia, esa contradicción tan característica de la condición humana. Habla y actúa simultáneamente dentro de un universo de paradojas que se manifiestan con naturalidad, sin necesidad de grandes esfuerzos para descubrirlas. Los impulsos, las reacciones espontáneas y los comportamientos desprovistos de filtros terminan revelando, con crudeza, aquello que las apariencias muchas veces intentan ocultar.

Esa realidad pone en evidencia nuestras limitaciones. A pesar de los ideales de misericordia, tolerancia y comprensión que solemos invocar, nadie está completamente dispuesto a cargar con el peso de sus propias contradicciones. Los principios, valores e ideales que se proclaman con firmeza suelen enfrentarse a las circunstancias de la vida, y no son pocas las ocasiones en que terminan siendo relativizados, negociados o simplemente abandonados.

Todo ello demuestra que los seres humanos distamos mucho de ser absolutos o infalibles. Con frecuencia nos aferramos a aquello que nos resulta conveniente o que favorece nuestra supervivencia, aun cuando ello implique perjudicar a otros, obtener ventajas indebidas o ignorar los criterios de justicia que decimos respetar. Es una realidad incómoda, pero profundamente humana.

En el trasfondo de estas reflexiones aparecen fenómenos que, pese a los discursos contemporáneos, continúan resultando difíciles de comprender. Uno de ellos es la persistencia de la discriminación y de los estigmas en sus múltiples formas. Aunque abundan las declaraciones que anuncian su desaparición, los hechos parecen demostrar lo contrario.

Todavía se considera extraordinario aquello que debería ser perfectamente normal. Se sigue presentando como motivo de orgullo, admiración o incluso asombro que una persona alcance determinados logros o responsabilidades por pertenecer a un determinado sexo, raza, grupo social o condición cultural. Sin embargo, el principio que debería prevalecer es mucho más sencillo: la valoración del ser humano por su condición de persona, sin etiquetas ni clasificaciones previas.

La tendencia a catalogar a los demás según su sexo, raza, edad, religión, ideología, orientación sexual, origen económico o cultural sigue siendo una práctica habitual. Cambian las categorías, pero permanece la inclinación a encasillar a las personas dentro de determinados grupos y a interpretarlas a partir de ellos.

En este contexto surge una contradicción difícil de ignorar. Aunque se afirma que la dignidad de la persona debe situarse por encima de cualquier circunstancia, todavía se observa cómo líderes, referentes y representantes sociales destacan como algo excepcional conductas o logros que atribuyen a determinadas características personales antes que a los méritos individuales.

Como si la raza, el oficio o el género determinaran el valor de una persona, se termina relegando aquello que verdaderamente importa: su capacidad, su esfuerzo y su condición humana. De esta forma, la admiración deja de centrarse en los logros alcanzados para enfocarse en atributos que, por sí mismos, no deberían constituir motivo de sorpresa.

Un ejemplo ilustrativo de esta tendencia fue, en su momento, el extinto ex Presidente José Mujica. En distintas ocasiones se promovió la idea de que determinados acontecimientos políticos adquirían un carácter extraordinario por la condición étnica, social o de género de quienes los protagonizaban. Así, se celebraba como algo excepcional que un indígena, un afrodescendiente, un trabajador manual o una mujer alcanzaran la máxima magistratura de un país, como si el hecho verdaderamente relevante no fuera su elección democrática o sus capacidades para ejercer el cargo.

Esa lógica estuvo presente en numerosos análisis sobre figuras como Evo Morales en Bolivia, Barack Obama en Estados Unidos, Luis Ignacio Lula da Silva en Brasil, Cristina Fernández en Argentina. En muchos casos, la atención pública pareció concentrarse más en las características personales de los protagonistas que en sus propuestas, acciones o responsabilidades de gobierno.

La paradoja resulta evidente. Mientras se proclama la igualdad de derechos y la inclusión universal, se continúa resaltando aquello que, precisamente, se afirma que no debería constituir un factor de diferenciación.

Llegados a este punto, cabe formular una pregunta inevitable: ¿es razonable que, en pleno siglo XXI, se continúe insistiendo en destacar determinadas características personales como si constituyeran un mérito adicional para ejercer funciones de gobierno o asumir responsabilidades públicas?

Más aún, ¿es legítimo que tales atributos sean utilizados para atenuar, justificar o relativizar las posibles consecuencias de las decisiones adoptadas por quienes detentan el poder? La historia demuestra que las virtudes y las debilidades humanas no distinguen razas, géneros, credos ni condiciones sociales. El ejercicio del poder, con sus riesgos y tentaciones, alcanza por igual a todos los individuos.

Surge entonces otra interrogante. Cuando se exalta a determinadas figuras públicas por sus características personales, ¿no se está desvalorizando, aunque sea de manera involuntaria, a una inmensa cantidad de personas que poseen iguales o incluso mayores méritos, pero que permanecen invisibles por carecer de notoriedad, influencia o exposición mediática?

En todos los rincones de la sociedad existen hombres y mujeres honestos, trabajadores, solidarios y valientes que jamás ocuparán titulares ni serán objeto de homenajes públicos. Sus esfuerzos suelen pasar desapercibidos, mientras que la atención colectiva se concentra en quienes alcanzan posiciones de relevancia política, económica o social.

La cuestión adquiere una dimensión aún más compleja cuando determinadas figuras parecen beneficiarse de una indulgencia especial. En ocasiones, ciertos errores, contradicciones o conductas cuestionables reciben una valoración más benevolente debido a la identidad o condición de quien los protagoniza. Mientras tanto, otros individuos son juzgados con criterios mucho más severos por no pertenecer a los grupos considerados simbólicamente representativos o socialmente protegidos.

Sin proponérselo explícitamente, esta dinámica puede terminar generando una nueva forma de desigualdad. Aquello que se presenta como un esfuerzo por corregir injusticias históricas corre el riesgo de transformarse en una lógica que establece privilegios morales diferenciados según quién sea la persona evaluada.

Resulta llamativo que algunos discursos que se proclaman defensores de la igualdad reproduzcan mecanismos similares a aquellos que pretenden combatir. Bajo la bandera de la inclusión, se insiste constantemente en remarcar las diferencias. Y cuanto más se enfatizan esas diferencias, más difícil parece alcanzar una auténtica igualdad de trato.

La contradicción se vuelve evidente cuando la identidad termina ocupando el lugar que debería corresponder a la conducta individual. En vez de valorar a las personas por sus acciones, se las evalúa a partir de categorías previamente definidas. De este modo, la intención de combatir la discriminación puede derivar, paradójicamente, en nuevas formas de clasificación y segmentación social.

No se trata de negar la existencia de injusticias históricas ni de desconocer los obstáculos que determinados colectivos han enfrentado a lo largo del tiempo. Tampoco implica cuestionar la necesidad de promover condiciones más equitativas para todos. El problema aparece cuando la búsqueda de igualdad se transforma en una permanente exaltación de las diferencias.

Porque una sociedad verdaderamente inclusiva no debería sorprenderse de que una mujer, un indígena, un afrodescendiente, un obrero o cualquier otra persona alcance una posición de relevancia. Por el contrario, debería considerarlo un hecho natural, coherente con los principios de igualdad que proclama.

Mientras determinados logros continúen siendo presentados como excepcionales debido a la identidad de quien los alcanza, persistirá la sospecha de que la igualdad aún no ha sido plenamente incorporada al imaginario colectivo. Lo que se celebra como avance puede revelar, en el fondo, que siguen existiendo categorías diferenciadas dentro de la valoración social.

Tal vez la verdadera inclusión comience el día en que deje de ser necesario señalar constantemente aquello que hace diferentes a las personas y se vuelva suficiente reconocerlas simplemente por lo que son: seres humanos con idéntica dignidad, derechos y responsabilidades.

Quienes levantan las banderas de la tolerancia, la equidad y la inclusión suelen presentar estos principios como garantías indispensables para construir una convivencia más justa y respetuosa. Sin embargo, cabe preguntarse hasta qué punto tales postulados han sido verdaderamente incorporados a la conducta cotidiana de las personas y no permanecen, en muchos casos, como aspiraciones más declamadas que practicadas.

La naturaleza humana parece resistirse a los ideales absolutos. Con frecuencia, los mismos individuos que denuncian la discriminación manifiestan, en ámbitos privados o en contextos de confianza, preferencias, prejuicios y mecanismos de exclusión similares a aquellos que cuestionan públicamente. No necesariamente por malicia, sino porque forman parte de una compleja estructura cultural, emocional e instintiva que atraviesa a todas las personas.

En ese sentido, resulta difícil sostener que exista un grupo humano completamente inmune a las contradicciones propias de la condición humana. Más allá de las convicciones religiosas, filosóficas o ideológicas, cuando desaparecen las presiones externas y cada individuo debe decidir libremente, suelen aflorar los instintos de autopreservación, las preferencias personales y la tendencia a priorizar los propios intereses.

Tal realidad puede interpretarse como egoísmo. También podría entenderse como una manifestación elemental del instinto de supervivencia. Probablemente ambas explicaciones contengan parte de la verdad. Lo cierto es que la convivencia social exige mecanismos capaces de regular esas tensiones permanentes entre el interés individual y el bienestar colectivo.

Desde esta perspectiva, adquiere especial relevancia el papel de las instituciones encargadas de preservar el orden público. Entre ellas, la Policía ocupa una función esencial que trasciende la mera persecución del delito. Su responsabilidad no se limita a combatir la criminalidad ni a adaptarse a sus constantes transformaciones; también comprende la prevención de conflictos, la protección de los derechos ciudadanos y la intervención ante situaciones derivadas de la compleja interacción humana.

Por más avanzada, desarrollada o civilizada que se considere una sociedad, los conflictos seguirán existiendo. Las diferencias de valores, expectativas, costumbres, niveles educativos, situaciones económicas y visiones del mundo continuarán generando tensiones inevitables. La libertad de elección, característica de las sociedades abiertas, favorece precisamente la diversidad de comportamientos y modos de vida.

Como consecuencia, las personas tienden a agruparse en función de afinidades culturales, sociales, económicas o ideológicas. Este fenómeno, lejos de desaparecer, parece intensificarse a medida que aumenta la capacidad individual de decidir con quién relacionarse, dónde vivir, qué valores adoptar y qué proyectos de vida desarrollar.

En ese escenario, la función preventiva y disuasiva de la Fuerza Pública adquiere una importancia estratégica. Su intervención eficiente puede evitar que las diferencias naturales entre individuos y grupos desemboquen en situaciones de violencia, enfrentamientos abiertos o disputas por espacios de influencia y control.

La preservación del orden democrático requiere precisamente de instituciones capaces de garantizar que la diversidad social no derive en formas de confrontación incompatibles con la convivencia pacífica. La autoridad legítima del Estado encuentra allí una de sus principales razones de ser: asegurar que las libertades individuales puedan ejercerse sin poner en riesgo las libertades de los demás.

Sin embargo, mientras estas responsabilidades se vuelven cada vez más complejas, los mensajes provenientes de numerosos referentes sociales y políticos parecen transitar en sentido contrario. Lejos de aportar claridad, serenidad o cohesión, con frecuencia contribuyen a profundizar la confusión y la polarización.

No son pocas las ocasiones en que los discursos públicos presentan contradicciones evidentes entre los principios que proclaman y las prácticas que promueven. A veces incluso dejan entrever intereses sectoriales o partidarios que encuentran en los conflictos sociales una fuente permanente de legitimación política.

De esta forma, determinadas problemáticas dejan de ser abordadas exclusivamente como desafíos colectivos para transformarse también en instrumentos de disputa ideológica. Las dificultades sociales pasan a constituir argumentos que justifican programas, estrategias de poder y proyectos destinados a asegurar la permanencia de determinados sectores en la conducción del Estado.

Paralelamente, cada administración incorpora nuevos compromisos, promesas y objetivos orientados a construir una sociedad más justa e igualitaria. Tales propósitos suelen estar acompañados por un incremento constante del gasto público, sustentado en la aspiración de reducir las desigualdades, fortalecer la inclusión y mejorar las condiciones de vida de los sectores más vulnerables.

La intención puede ser legítima e incluso necesaria. Sin embargo, los resultados no siempre acompañan las expectativas generadas. Con frecuencia, las sucesivas administraciones trasladan hacia el futuro obligaciones financieras que terminan acumulándose y transformándose en cargas permanentes para la sociedad.

Así, cada período de gobierno deja tras de sí compromisos económicos que las generaciones posteriores deberán asumir. La deuda pública, lejos de constituir un fenómeno circunstancial, adquiere un carácter recurrente que condiciona las posibilidades de desarrollo y limita la capacidad de acción de quienes heredan esas responsabilidades.

Los contextos históricos permiten observar que, pese a los esfuerzos realizados y a las buenas intenciones invocadas, las diferencias sociales continúan manifestándose bajo nuevas formas. La distancia entre grupos, sectores y realidades diversas no desaparece con la misma facilidad con que se redactan programas o se anuncian reformas.

Ello no implica desconocer el valor de las políticas orientadas a la equidad ni renunciar a la búsqueda de una mayor justicia social. Significa, simplemente, reconocer la complejidad del fenómeno humano y las limitaciones inherentes a cualquier intento de transformar la realidad exclusivamente mediante decisiones institucionales.

Quienes trabajan directamente en la gestión de estas problemáticas —ya sea como operadores sociales, funcionarios, técnicos, dirigentes o responsables de políticas públicas— conocen de primera mano esas dificultades. Observan diariamente cómo las personas, incluso cuando proclaman valores universales de igualdad y solidaridad, continúan seleccionando, diferenciando y clasificando a quienes las rodean.

No necesariamente por crueldad o desprecio, sino porque tales conductas forman parte de patrones culturales profundamente arraigados que atraviesan generaciones y estructuras sociales enteras. De allí surge una conclusión incómoda, pero difícil de ignorar: la lucha por la dignidad humana, la igualdad de oportunidades y la justicia social probablemente nunca alcance una meta definitiva.

Se trata de una tarea permanente, siempre inacabada, que debe convivir con las contradicciones propias de la naturaleza humana. Precisamente por ello, la vigilancia ética, el fortalecimiento institucional y la responsabilidad individual continúan siendo elementos indispensables para evitar que los ideales de igualdad terminen transformándose en nuevas formas de discriminación o, peor aún, en expresiones encubiertas de hipocresía.                                                               



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