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(escribe prof. Alejandro Carreño T.) Luego del vendaval telúrico que arrasó con Venezuela hace dos semanas, el mundo no vaciló en su sentido de la humanidad y corrió en su ayuda. Desde los cinco continentes la ayuda humanitaria se hizo sentir en las ciudades arrasadas por los terremotos. En los momentos álgidos de la tragedia, que ya cobró más de cuatro mil víctimas, dieciséis mil heridos y miles de desaparecidos, todo el planeta Tierra fue Venezuela y cada nación ayudó con lo que pudo y cómo pudo, sin escatimar ningún tipo de esfuerzo.
Hasta hoy, cuando las esperanzas de encontrar a personas con vida se diluyen con la lógica de la propia biología, aunque las esperanzas sean lo último que abandona el alma. Entonces la ayuda humanitaria se intensifica. Las ciudades en ruinas requieren de todos los artículos de primera necesidad, desde aquellos destinados a la higiene hasta los alimentos no perecibles. Nada sobra; todo falta. Y siempre es el gobierno, a través de sus instituciones, el encargado de la distribución de esta ayuda humanitaria.
Pero, esta vez, Gobierno venezolano ha estado en tela de juicio, y no solamente, por la demora burocrática con que reaccionó a la catástrofe, sino, y esto es lo más grave, por las denuncias de corrupción envolviendo a quienes eran los encargados de hacer llegar la ayuda humanitaria a la gente. Delcy Rodríguez, la presidenta impuesta por Donald Trump, no tiene el apoyo de la ciudadanía. La gente no cree en ella; tampoco en su hermano Jorge, ni menos en Diosdado Cabello. Es decir, el trío que lleva las riendas desde Palacio Miraflores.
De hecho, el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), será el encargado de administrar directamente el Fondo para la Recuperación y Reconstrucción del país, dejando fuera al gobierno de Delcy Rodríguez del manejo directo de los recursos internacionales. La pregunta que todos se hacen es ¿por qué? Una pregunta legítima que tiene una respuesta punzante: porque no se confía en la transparencia del régimen “delcysta”. Lo que equivale a decir que no se confía en el régimen chavista, o, lo que es lo mismo, en el llamado Socialismo Siglo XXI.
Más categórico e incisivo resultó el alcalde de Panamá, Mayer Mizrachi, quien instaló dispositivos GPS en diferentes insumos, “desde una caja de pañales, una caja de botellas de agua hasta una caja de detergentes. Se van en diferentes palets (tablones donde se empaca la carga), en diferentes vuelos, y yo puedo, siempre responder a mis ciudadanos en que vuelo fue y si ya llegó”. El alcalde Mizrachi aplicó el viejo refrán “Juan Segura vivió muchos años”, como decimos en Chile, cuando nos aseguramos por todos los medios, de que todo lo propuesto saldrá bien.
Por cierto, nada de esto cayó bien en Palacio Miraflores. Fue un dron lapidario de dudas y desconfianza que provocaron la airada reacción de Diosdado Cabello, ministro del Interior: “Rechazamos las vulgares y miserables declaraciones del alcalde de Panamá, que le puso un GPS a la ayuda humanitaria. Qué miserable, para chequear dónde está. Todo ladrón sueña que lo están robando. Ese caballero estuvo preso por peculado, estuvo preso, denunciado por fraude” (el lector puede informarse de los líos del alcalde con la Justicia en Wikipedia).
Que somos bien latinos para nuestras cosas, lo demuestra el hecho de que una autoridad que tuvo líos con la Justicia, y aún los tiene, duda de otra autoridad, que solo está libre porque forma parte, todavía, del poder, impuesto, es verdad, pero poder al fin y al cabo. Lo que importa son los GPS. Y, por más que resulte insólita la medida, más aún viniendo de quien viene, no deja de ser la opinión de muchos dirigentes políticos que, sencillamente, prefieren mirar para el lado antes de hacer comprometedoras declaraciones.
A este columnista, en todo caso, le interesa que la ayuda humanitaria llegue a quienes la necesitan. Que no se pierda en el camino. Porque, con GPS o sin ellos, las miles de víctimas, ajenas a diatribas políticas de políticos corruptos, solo esperan aliviar el drama que la naturaleza y las malas gestiones administrativas les dejaron caer impiedosamente sobre sus vidas.
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Igualmente reiteramos lo que hemos escrito en anteriores oportunidades, que pueden referirse con la dureza que se entienda pertinente pero siempre dentro del respeto general y no discriminando ni agraviando, o con expresiones que de alguna manera inciten a la violencia. Los comentarios son una herramienta maravillosa que debemos preservar entre todos.
































