agesor
. . . . .

Municipio de Dolores
coopace
Proyecto memoria
kechu fletes
@gesor es de acceso completamente gratuito para nuestros lectores, pero si quieres apoyar nuestro trabajo con un donativo, te damos dos opciones, la primera de un único pago de U$S2 (dolares americanos dos) o la segunda con una suscripción de U$S1 (dolares americanos uno) por mes, la que puedes realizar en pagos mensuales o un pago anual.

El equipo de @gesor agradece desde ya vuestro aporte, el que nos permitirá seguir creciendo y brindando cada vez más contenido.
Pago
Opciones de suscripción
Si quieres colaborar con un monto distinto, por favor contacta con info@agesor.com.uy indicando el monto con el que quieres colaborar y te haremos llegar el formulario de pago.
MonedaCompraVenta
38.05 41.05
0.05 0.35
7.23 9.23
40.54 45.39
El Observador El Pais La Juventud La Diaria La Republica El Telegrafo
.
Síguenos Síguenos Canal Instagram
17 de July del 2026 a las 22:07 -
Tweet about this on Twitter Share on Facebook Share on LinkedIn Pin on Pinterest Email this to someone
¿Discriminación o hipocresía?
La retrospectiva es indispensable para actuar en el presente y prever el futuro. (Parte 4)
La retrospectiva es indispensable para actuar en el presente y prever el futuro. (Parte 4)

(escribe Marcelino Rodríguez) Un Comisario, jefe de comisaría, planteaba con preocupación y analizaba, al mismo tiempo, -de manera criteriosa e hipotética- qué sucedería si la fuerza efectiva estuviera constituida, por ejemplo, en un 70 % por mujeres. O, yendo más a la práctica, si ello se proyectara en un servicio de fútbol -un clásico- o en un evento de alta concurrencia de público que pudiera derivar en desórdenes, disturbios o actos de violencia.

No se trata de que haya más mujeres que hombres, sino de la formación técnica y profesional de los operadores. Si el entrenamiento es genuino, genera la conciencia y la convicción indispensable para dicha función, no debería cuestionarse ese aspecto, pues, evidentemente, la preparación psicológica y física, sumada a lo anterior, producirá un policía íntegro para la tarea sin importar su sexo.

Salvo una elección de la institución o del individuo basada en el perfil, la orientación y la vocación por un área particular de la Fuerza, se da por descontado que quien es asignado y ocupa una patrulla a pie, motorizada o integra un equipo de control de disturbios civiles no solo está aleccionado sino predispuesto a enfrentar situaciones de tensión, peligro y entrega con todas las posibles consecuencias que ello implica.

Satisfecha esa idoneidad imprescindible para actuar en la primera línea, particularmente, no sería motivo de desvelo entonces -por más razonable que resulte la interrogante- una cuestión que nada tiene que ver con una visión machista o feminista. Consiste, simplemente, en un estudio sensato surgido de la experiencia, teniendo en cuenta los recursos humanos disponibles y la posible inferioridad de condiciones frente al adversario, cualquiera sea su naturaleza.

Ese ha sido un denominador común que ha padecido la institución cuando los efectivos son insuficientes frente a un procedimiento, ya sea de rutina o especial. Lo que si importa es que un policía -sea mujer u hombre- “valga por uno”; ni más ni menos. Eso es lo que tiene que quedar claro, y dependerá de la instrucción que los responsables de la organización del Orden impriman con conocimiento y con el respaldo del mando político en tal sentido.

Para que independiente de las condiciones personales, los hechos fortuitos o los imprevistos de la situación, cada integrante posea la capacidad de desempeñarse de manera autónoma y autosuficiente, sin que uno considere al otro -más allá de complementarse, cooperar, colaborar y el trabajo en equipo- una carga o un obstáculo que duplica la labor. Es decir, que no tenga que afrontar no solo su propia tarea, sino también la de aquel compañero o compañera que por falta de entrenamiento o convicción para cumplir la función que le corresponde, jamás debió haber salido de patrulla o integrar un grupo de choque.

Cabe hacer la salvedad, en defensa del honor de la mujer, de que desde su incorporación a la Policía han existido, y seguirán surgiendo “guerreras” -en sentido figurado- del orden público, destacadas por su valentía y disposición al riesgo. Es un orgullo contar con ellas en cualquier procedimiento. Del mismo modo, también ha habido y habrá hombres cuya desidia, falta de coraje y escaso espíritu de cuerpo hacen preferible no tenerlos al lado como compañeros de tarea.

De ahí que la eficiencia y el coraje no dependan precisamente del género. Las distintas actividades a las que aspiran y acceden las mujeres constituyen una contribución muy importante para transformar las perspectivas del mundo y favorecer su evolución, particularmente desde las trincheras del empleo y de la profesión.

Esperemos que no implique una masculinización de sus cualidades y que aquel candor e instinto protector que poseen de manera natural, conforme a su herencia biológica, no se pierdan bajo el peso de la rutina y la indiferencia. Por el contrario, corresponde bregar para que desde cada ámbito de la vida y desde cualquier puesto, actividad o espacio de poder se coadyuve a humanizar los entornos comunitarios.

Pues, sin convertir al hombre en el villano de la historia ni caer en su vilipendio gratuito, es innegable que determinadas características, hábitos y defectos que instauró a lo largo del tiempo -incluso influyendo, desde una posición de predominio circunstancial, en la elaboración de las normas- terminaron discriminando al sexo opuesto, no necesariamente por intención deliberada, sino por los valores y la cultura imperante en cada época.

Esa realidad, afortunadamente, se va diluyendo de manera progresiva. Resulta encomiable y motivo de orgullo ver a las mujeres ocupar y desempeñar eficazmente roles que durante mucho tiempo parecieron vedados a su potencial intelectual, físico, psíquico y a sus capacidades y destrezas. Ello ha sido posible gracias a una transformación histórica en la que, de una u otra manera, ambos géneros han tenido participación y responsabilidad.

Los antiguos arquetipos están siendo superados o, al menos, transitan un proceso de franca renovación sobre la base de la dignidad, la equidad y la justicia. Sin embargo, la euforia que generan los derechos y garantías conquistados tampoco debe desbordarse ni derivar en lógicas absolutistas que conduzcan a errores incómodos o injustos.

Debemos ser conscientes de que el ser humano es contradictorio por naturaleza y que, precisamente por esa falibilidad, puede pasar de víctima a victimario -y viceversa- según las circunstancias.

Por consiguiente, es vital no caer en fundamentalismos ni fanatismos que, muchas veces acompañados por el ego, la soberbia o la sensación de omnipotencia impiden reconocer errores. De lo contrario, nuestros juicios o dictámenes apresurados, subjetivos o incluso profesionales pueden involucrar y perjudicar a personas inocentes provocando daños irreparables.

Entre esos daños se encuentra la lesión del honor, cuando se sostienen afirmaciones sin pruebas suficientes o cuando se da por cierto aquello que no ha sucedido o no puede demostrarse. En tales casos, corresponde esperar el pronunciamiento de la Justicia una vez reunidos todos los elementos de convicción necesarios.

Un ejemplo de ello fue el grave error cometido por una pediatra de Salud Pública, quien denunció ante la Policía la muerte de una menor presuntamente causada por una violación. La situación derivó en la detención de familiares, una investigación de gran repercusión y la estigmatización del padre, el tío y la madre de la niña, alimentada además por las primeras versiones difundidas por la prensa.

La situación provocó incluso el ataque y saqueo de la vivienda de los acusados, reproduciendo prácticas lamentables que suelen observarse en otros países y que responden a la peligrosa tendencia de hacer justicia por mano propia.

Increíblemente, todo aquel episodio impulsado por una hipótesis preconcebida, se derrumbó cuando el examen forense descartó la existencia de una violación. La rápida actuación del juez evitó consecuencias aún más graves al determinar que la razón del fallecimiento había sido una insuficiencia respiratoria.

Todo ello no hizo más que evidenciar, por un lado, el groso error de apreciación cometido por la profesional y, por otro, la inocencia de las personas involucradas.

La lección es clara: no debemos reincidir en la tentación de analizar, deducir o resolver los actos humanos mediante fórmulas rígidas, lógicas inflexibles o criterios uniformes. Corresponde mantener una actitud permanente de autocrítica, reflexión, rigor y responsabilidad al momento de cumplir nuestras funciones y esclarecer la verdad de los hechos, cualquiera sea el ámbito técnico o profesional en que nos desempeñemos.

En lo que respecta a la violencia doméstica y de género, resulta necesario mantener el mismo enfoque prudente. No debe subyacer una predisposición automática a considerar que la agresión o el sometimiento moral, psicológico, físico o económico provienen del hombre, aun cuando las estadísticas indiquen que ello ocurre en la mayoría de los casos.

Es neurálgico conservar la amplitud de criterio y la idoneidad suficientes para apartarse de los modelos clásicos cuando las circunstancias así lo exijan, evitar valoraciones parciales o miradas reduccionistas producto de los prejuicios.

También puede ocurrir lo contrario: que la mujer sea protagonista y autora de los eventos, incluso en relaciones mantenidas con personas de su mismo sexo. Cuesta admitir en el imaginario colectivo que un hombre sea víctima de una situación de violencia de género.

Ello constituye una muestra de la persistencia de patrones culturales profundamente arraigados que dificultan las denuncias, tanto por los problemas de prueba como por la vergüenza o por ideas heredadas, tales como aquella que sostiene que “los hombres no lloran”.

Son concepciones transmitidas de generación en generación por hombres y mujeres que cran personas frustradas, reprimidas o resentidas en distintos aspectos de su vida.

El acoso y la violencia moral o psicológica -en sus diversas manifestaciones- ejercidos por mujeres sobre hombres, particularmente en relaciones sentimentales, representan una realidad que suele pasar inadvertida. Con frecuencia no reciben la atención ni el tratamiento adecuado, convirtiéndose en verdaderas bombas de tiempo.

Se generan así vínculos enfermizos y destructivos que pueden desembocar en desenlaces dolorosos, donde muchas veces quien fue ignorado o desestimado culmina como victimario.

Tampoco debería pasarse por alto la violencia intrafamiliar ejercida por madres hacia sus hijos, especialmente en hogares monoparentales donde no existe una figura paterna o masculina de referencia. Estos casos ocurren con mayor frecuencia de la que suele suponerse y, sin embargo, son menos investigados y sancionados de lo que amerita pese a los profundos e irreversibles daños que ocasionan.

Lamentablemente, estas instancias suelen quedar opacadas por la enorme cantidad de hechos gravísimos cometidos por hombres contra mujeres, entre ellos los infames y cobardes femicidios.

Por encima de apostar a la paz y la convivencia, frente a este panorama laxo, diverso y delicado, hay que guardar suma precaución y evitar cualquier tipo de protagonismo en circunstancias de agresión, riñas en la vía pública o en cualquier otro escenario. Puntualmente, si a su vez se da la participación fortuita de individuos -de conocimiento público o no- afrodescendientes, homosexuales, indígenas, judíos o inmigrantes.

Personas cuyas características están asociadas e identificadas con grupos que denuncian discriminación social y cultural; o respecto de los cuales existe no solo una idea popular internalizada de estigmatización hacia sus integrantes, sino también de autoexclusión. En consecuencia evitar que acontecimientos que derivan o desembocan en violencia -producto de conflictos comunes no resueltos- sean interpretados, vinculados o adjudicados como actos típicos de racismo, xenofobia, antisemitismo u otras formas de segregación y ataque al diferente.

Interpretaciones que, en ocasiones, son impulsadas por la propia víctima de manera oportuna o conveniente, o potenciadas por actores de colectivos de “DD.HH.” que recogen lo sucedido, lo hacen causa propia y le otorgan -unilateralmente- visos de veracidad con amplia repercusión mediática. Toman la bandera y el estandarte de su consecuente lucha, habilitados por la persona involucrada -sea activista, militante o simplemente integrante de tales colectivos- que busca obtener rédito a toda costa; mientras que dichas organizaciones procuran mantener vigencia, conferir al hecho el tinte acorde a las referencias citadas y alcanzar así la repercusión necesaria en la opinión pública.

¡Ay del “pobre individuo” -en sentido figurado- que se ve envuelto en una disputa con otra u otras personas y, agotado el diálogo o aun sin haber existido, esa reyerta que responde básicamente a la intolerancia, la falta de conciliación y la ausencia de una actitud civilizada se transforma interesadamente en un supuesto acto de discriminación o en un atentado racial, religioso o sexual por los motivos anteriormente señalados!

Ni imaginar si, en cualquiera de las instancias ya referidas o en un incidente de tránsito -cada vez más habitual-, más allá de las culpas o responsabilidades que correspondan, posee la infortunada “mala suerte” de encontrarse con una mujer de carácter particularmente agresivo. De esas “de armas tomar”, que no hacen diferencias ni reparan en consecuencias al reaccionar, valiéndose o no de su condición.

Y si el hombre, al experimentar tal intransigencia y virulencia, no tiene más remedio que defenderse y apartarla mediante distintas estrategias para obligarla a desistir de su proceder. Y si, en ese roce o forcejeo inevitable, ella resulta lesionada o con marcas producto del contacto y del uso de la fuerza imprescindible para contenerla, sumado a lo que puedan pensar, percibir o testificar quienes observan el hecho sin haber presenciado su inicio.

Se desconoce entonces que ese ciudadano no tuvo más opción que defenderse y poner fin a una situación que luego puede ser traducida arbitrariamente en un incidente de género que no es tal ni tuvo intención de serlo.

Habrá que “andar con pie de plomo” y, si las circunstancias son ineludibles, asegurarse de contar con las pruebas y testigos imprescindibles para demostrar genuinamente que el motivo que originó ese momento ingrato está a años luz de cualquier acto de discriminación. Prever ante la sensibilidad, susceptibilidad e irascibilidad instaladas en la sociedad respecto de estos temas, que distintos eventos y sus actores no sean colocados en la misma bolsa ni relacionados con causas que nada tienen que ver con el fondo de la cuestión.

Pues no todo es lo mismo, por más que algunos pretendan forzarlo o tergiversarlo. Y esa no es una forma seria ni responsable de gestionar tal problemática. Menos aún recurrir equivocadamente a la “metodología del escrache” para reivindicar causas nobles vinculadas con derechos tan sagrados como la igualdad y la inclusión, en las cuales estamos embarcados la mayoría de los uruguayos.

Tales reivindicaciones no pueden contaminarse ni ser manipuladas de manera bastarda, soez o perversa por mercenarios, fundamentalistas o fanáticos de las barricadas. Por suerte, cuando se intenta inducir o insinuar intencionalmente la existencia de algo semejante -más allá de los repudiables casos de acoso o agresión contra quien es diferente-, la realidad y los indicios suele demostrar que la mayoría de las controversias se ajustan simplemente a desencuentros, desentendimientos o desinteligencias propias de la convivencia cotidiana.

Personas que, desbordadas por la incapacidad de negociar, por la frustración y la ansiedad de alcanzar un acuerdo e invadidas por la intolerancia, el orgullo, la soberbia y la pretensión de poseer la razón desencadenan el pasaje a la violencia con las características y consecuencias conocidas. Sin que ello responda necesariamente a un móvil de discriminación o exclusión, por más que en el “entrevero” participen afrodescendientes, extranjeros, homosexuales, indígenas, mujeres o menores de edad.

Salvo por la gravedad del propio hecho que, habitualmente provoca la intervención garantista de la Policía y de la Justicia, ya sea de oficio o mediante denuncia según los resultados producidos, el simple “chispazo” de una versión sobre un acontecimiento con el propósito de sembrar dudas, sostener que no responde a un problema común entre ciudadanos e insinuar discriminación racial o de cualquier otra índole, genera por inercia una inmediata solidaridad y consternación social, casi sin reparos ni margen para la sospecha.

Como si hubiera ocurrido por los motivos que afirman públicamente los damnificados o los voceros de los grupos interesados que los representan. Dilema que, por lo general, sin un análisis pormenorizado y antes de esperar el proceso y la resolución judicial igualmente nos lleva a hacernos eco de esas versiones y a acompañarlas con ligereza, a partir también de la información recogida y difundida por los medios de comunicación, muchas veces con cierto sensacionalismo y, en ocasiones, de manera equivocada.

La maldita ansiedad por la primicia y la competencia permanente inducen a opiniones sobre acontecimientos que no se ajustan a la verdad, desinforman y provocan reacciones inmediatas en la población que suele tomar partido rápidamente en uno u otro sentido.

Es fundamental no mimetizarse en presa de la inmediatez con que llegan las noticias, ya sea a través de los medios de prensa o de las redes sociales. Resulta indispensable observar, atender y analizar racionalmente -cuando sea posible- cada evento, otorgándole un margen de comprensión objetiva y cautelosa que permita aproximarse mejor a la realidad.

Conscientes de que esta puede verse contaminada por distintos intereses, más allá de la calidad, protagonismo o credibilidad de quien emite el mensaje. Porque en ocasiones se otorga categoría de verdad revelada a determinadas versiones, sumado a la tendencia actual de pensar, creer y asociar que todo responde o se explica mediante la misma fórmula.

Nadie quisiera estar en los zapatos del individuo en desgracia -en las circunstancias ya referidas- y culminar, como “peludo de regalo”, involucrado gratuitamente en un episodio que adopta un giro inesperado y es rotulado lisa y llanamente como un acto racista, antisemita o de violencia de género. Aunque tales calificativos nada tengan que ver con lo sucedido.

A ello se suma la presión social, la infaltable alarma pública o como quiera llamársele; hasta el punto de que no solo se produce una condena social acompañada de distintas reacciones, sino que también puede incidir considerablemente en las decisiones judiciales por más independencia y autonomía técnica que posea y arrogue dicho Poder, integrado también por mortales.

Juicios y fallos que se consolidan, por más arbitrarios que puedan resultar o por más que la realidad haya sido presentada de determinada manera. Muchas veces, quien provocó inicialmente el desenlace culmina presentándose luego como víctima indefensa -para lo que aquí se analiza- de un supuesto ataque racista o xenófobo, cuando en realidad se trata de contendientes en igualdad de condiciones que decidieron resolver sus diferencias de forma poco ortodoxa. Y posteriormente, el despecho -junto a otros sentimientos como la derrota, la frustración, el resentimiento o la venganza- hace lo suyo y puede llegar a revertir completamente el motivo que dio origen al conflicto humano por excelencia.


 


 



(185)

A los lectores de @gesor que realizan comentarios, en particular a quienes ingresan en la condición de incógnito, no se molesten en hacer comentarios ya no son publicados debido a que no dejan registro de IP ante eventual denuncia de alguna persona que se sienta dañada por ellos.
Igualmente reiteramos lo que hemos escrito en anteriores oportunidades, que pueden referirse con la dureza que se entienda pertinente pero siempre dentro del respeto general y no discriminando ni agraviando, o con expresiones que de alguna manera inciten a la violencia. Los comentarios son una herramienta maravillosa que debemos preservar entre todos.

Quiere comentar esta noticia?

* Campos obligatorios
* Nombre:
* Correo Electrónico:
* Comentario:
* Caracteres

AGESOR - Soriano - Uruguay // (todos los derechos reservados )

powered by: Daniel Castro 2026
WordPress Appliance - Powered by TurnKey Linux