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Recibimos y publicamos, de la exAdjunta a la Dirección del Hospital Zoilo A. Chelle de Mercedes:
Hoy fui notificada de la resolución de cese de mi contrato con la Comisión de Apoyo de ASSE, resolución firmada por la Gerencia General de ASSE.
Este hecho se produce luego de haber informado situaciones que, a mi entender, constituyen irregularidades y afectan directamente el funcionamiento del Hospital Mercedes y, fundamentalmente, la atención de los usuarios.
Durante mi desempeño sostuve una convicción que mantengo hasta hoy: la gestión debe estar orientada, ante todo, a garantizar una atención digna, eficiente y oportuna a quienes concurren al sistema público de salud, especialmente a quienes más lo necesitan.
Sin embargo, resulta difícil sostener ese objetivo cuando existen diferencias evidentes en la forma en que se exige el cumplimiento de las obligaciones funcionales.
Hay funcionarios a quienes se les exige el cumplimiento estricto de sus compromisos funcionales, horarios y reglamentaciones. Incluso existen funcionarios que tienen acumulados cientos de días de licencia reglamentaria sin poder hacer uso de ella por razones de servicio. En estos casos, las normas se aplican rigurosamente.
Pero, paralelamente, existen situaciones en las que otros funcionarios no cumplen con sus compromisos funcionales, particularmente en lo referido a horarios y asistencia, sin que aparentemente se adopten las mismas medidas.
Esto tiene consecuencias concretas para los usuarios: personas que esperan durante meses por una consulta o procedimiento y, cuando finalmente llega el día de su atención, encuentran que su turno es suspendido y reprogramado para varios meses después; usuarios citados a determinada hora que deben permanecer esperando durante horas porque la atención comienza mucho más tarde; y otras situaciones que terminan trasladando al usuario las consecuencias de problemas internos de funcionamiento.
No estoy diciendo que todos los funcionarios se comporten de esta manera. Existen excelentes funcionarios, comprometidos, responsables y solidarios, que cumplen con sus obligaciones y muchas veces realizan incluso más de lo que les corresponde. Precisamente por respeto a ellos considero injusto que no exista el mismo criterio para todos.
Lo que cuestiono es la existencia de diferencias de trato que terminan perjudicando a quienes cumplen y, fundamentalmente, a los usuarios.
No se puede afirmar que se pretende mejorar la calidad de la atención y, al mismo tiempo, tolerar que algunos compromisos funcionales no sean respetados. La gestión debe ser coherente: las normas deben aplicarse para todos por igual.
También considero necesario reflexionar sobre lo que ocurre con los equipos de gestión. Se conforman equipos a los que se les exige compromiso, responsabilidad y resultados, y cuyos integrantes asumen el desafío de mejorar el funcionamiento de los servicios. Sin embargo, cuando quienes intentan señalar problemas, solicitar correcciones o buscar soluciones terminan siendo desplazados, se transmite un mensaje preocupante: que puede resultar más conveniente callar que informar.
Quiero pedir disculpas a los usuarios a quienes no pude ayudar como hubiera querido y a mis compañeros, por no haber podido concretar todas las mejoras en las condiciones de trabajo que me propuse. Me duele especialmente no haber podido alcanzar algunos de los objetivos por los que trabajé y que entendía necesarios para mejorar tanto la gestión como la atención.
Agradezco profundamente a mis amigos, que estuvieron a mi lado y me sostuvieron en los momentos más difíciles. Y, por encima de todo, agradezco a mi familia: a mis hijas adoradas y a mi esposo, consejero, quien me escucha, me acompaña y me sostiene.
Continúo manteniendo mis convicciones y mis principios. Pero no puedo negar que estoy profundamente decepcionada.
Durante mucho tiempo creí, como muchos otros, que nuestro compromiso debía ser trabajar por una sociedad más justa, ser solidarios y ayudar especialmente a quienes más lo necesitan. Sin embargo, cuando llega el momento de poner esas ideas en práctica, muchas veces terminan primando los intereses personales y, sobre todo, los económicos.
Esa es quizás la mayor decepción: comprobar que entre lo que decimos defender y lo que estamos dispuestos a hacer cuando están en juego nuestros propios intereses puede existir una enorme distancia.
A pesar de todo, no renuncio a mis convicciones. Porque cambiar de principios para adaptarse a las circunstancias sería mucho más doloroso que afrontar las consecuencias de haberlos defendido.
Si informar lo que considero irregular, plantear problemas de gestión y defender mejores condiciones para los funcionarios y una atención digna para los usuarios tuvo como consecuencia mi cese, será una decisión que deberán explicar quienes la tomaron.
Yo, mientras tanto, me quedo con la tranquilidad de haber hecho lo que creí correcto.
El tiempo dirá si quienes decidieron mi salida estaban defendiendo una mejor gestión o simplemente silenciando a quien se atrevió a señalar lo que estaba mal.
Me voy de este lugar, pero no de mis principios.
Y sigo esperando una explicación.
NIBYA REVETRIA
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