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(escribe prof. Alejandro Careño T.) Un escenario nada halagador para el pueblo brasileño, pues el próximo presidente será uno de ellos, les gusta o no. Le guste a América Latina o no. Que cada uno escoja de qué lado quiere estar: o del fuego o de las brasas.
Todo indica que habrá una segunda vuelta, aunque Lula, según las últimas encuestas, tendría una ventaja de cinco puntos sobre Bolsonaro, pero insuficientes para alcanzar la mayoría absoluta ahora. Y el balotaje, como se sabe, es una caja de sorpresas donde todo puede pasar. Es otra elección y los cuadros políticos se mueven como piezas de ajedrez, buscando la mejor posición para tener algún pedacito del poder del vencedor.
La segunda vuelta es una feria de vanidades donde todo se transa y todo se vende al mejor postor, incluso la decencia. Algo, por lo demás, que a los políticos no les incomoda mucho. El problema para el pueblo brasileño es que ni Lula ni Bolsonaro son garantía de nada. Lula, tres veces presidente de Brasil, terminaría su cuarto mandato con 85 años. Parece algo excesivo, aunque haya algunos ejemplos en la historia que lo avalan. Pero unas cuantas golondrinas no hacen verano.
El problema de la izquierda brasileña es que no renovó sus liderazgos, problema, además, de toda la izquierda latinoamericana, y la sangre joven se pierde en los tentáculos de los viejos patrones de la política que se niegan a retirarse a sus cuarteles. Entonces, ¿quién sería el sucesor de Lula luego de este tercer mandato presidencial? La respuesta es de un vacío preocupante para el sector, porque tampoco se prepara nadie en tan poco tiempo, pensando en un posible triunfo de Lula.
Por la otra orilla, Flávio Bolsonaro es hombre joven. Tiene 45 años. Pero su mérito, si es que así podemos llamarlo, no está en tener casi la mitad de la edad de Lula, sino en ser hijo de Jair Bolsonaro que, aunque preso, su figura es peso pesado en la política brasileña y sus millones de votantes así lo certifican. Con todo, Flávio no tiene el carisma de su padre, pero sin duda gobernaría pensando como su padre, lo que, por lo menos, a la mitad de la población brasileña no le haría ninguna gracia.
Y fue claro al respecto cuando lanzó su candidatura por el Partido Liberal (PL): “Puedo ser más tranquilo y moderado, pero llevo sangre de los Bolsonaro”. A buen entendedor pocas palabras, como reza el refrán. Flávio es sangre joven, pero contaminada por los desmanes de su padre Jair ahora condenado. De hecho, en su programa de 76 páginas, menciona a su padre o a su gestión en 22 oportunidades.
Y para humillar a su rival lo comparó con un auto viejo: “Si comparamos a Lula con un coche, es ese Opala viejísimo, de cambio manual, que alguna vez fue bonito, pero que hoy no te lleva a ninguna parte y además bebe muchísimo”, aludiendo, además, con la última frase, a la comentada inclinación del presidente Lula por el alcohol.
Pero Lula está consciente de su edad, la que, como buen tribuno romano, valora como experiencia de vida, lo que en política tiene fundamento cuando la edad se despliega en acciones que repercuten favorablemente en la marcha del país: “Tengo 80 años de edad y me siento mejor que cuando tenía 60. Estoy más preparado, con más voluntad. Uno no envejece por la cantidad de años, sino por la falta de motivación”.
Las metáforas, en todo caso, en política solo sirven para “calentar el ambiente político” en época de elecciones, sobre todo el brasileño que, hoy por hoy, y para seguir con las metáforas, es un “arroz graneado”, condimentado por muchísimas candidaturas sin ninguna trascendencia y escasa representatividad, pero que aportan con el aceite y el vinagre necesarios para que la política sea la chacota que es.
Al final, con Lula o con Flávio, el pueblo brasileño se quemará.
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